Into The Wild

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A principios de la semana pasada recibí una invitación por parte de los fundadores de Corriendo Por Sonrisas para ir a entrenar al Nevado de Toluca, éste sería en día viernes y empataba perfectamente con mi programación de entrenamiento, ya que después de la rodada de 75kms y los 2000 mts de nado del jueves, un trote de al menos 10k era necesario.

Desde el camino hacia nuestro destino comencé a sentir mucha intriga, había escuchado que el Nevado era un lugar muy desafiante para entrenar y que los paisajes ahí eran majestuosos. La última vez que visité el lugar fue hace unos 10 años y no fue en plan de entrenamiento, por lo que no sabía qué esperar.

Al llegar a la zona de arranque, formamos varios grupos, más bien parejas para acompañarnos en los distintos recorridos que pueden hacerse ahí. Algunos harían rutas de 6k otros de 10k y otros, como yo, simplemente nos dejaríamos llevar sin tomar en cuenta la distancia o el tiempo.

El clima era bastante frío, pero no lo suficiente para ponerme algo más que mis bermudas. Me sentí bastante cómodo así y comenzamos a avanzar.

Sergio y yo tomamos la delantera, éramos los únicos que queríamos trotar desde el inicio, así que comenzamos a avanzar a un paso relajado pero constante. El primer par de kilómetros fue prácticamente de calentamiento, sin embargo, el frío cada vez se sentí más en mis piernas.

La primera parte de ese recorrido son unas subidas no tan pesadas, pero sí constantes que te obligan a pisar de puntas. Después de varios minutos, mis pantorrillas lo resintieron. Tal vez era el frío, o tal vez era el cansancio acumulado, no lo sé pero no me sentía del todo bien. Miraba a Sergio a mi lado en perfectas condiciones y me hacía dudar de mi estado físico. Se suponía que yo estaba “mejor preparado” para los escasos 4 kilómetros que llevábamos.

Como no íbamos midiendo la distancia exacta, supuse que fue al kilómetro 4 o 5 cuando se nos presentó una pendiente bastante pronunciada que nos comenzó a dejar sin aliento. Ahí fue cuando vi que a Sergio le costaba trabajo respirar y le pregunté si quería caminar esa parte. Dentro de mi mente, deseaba que Sergio se detuviera, pues mis pantorrillas ya me ardían y me costaba trabajo respirar. Cuando me contestó con un fabuloso “sí, caminemos”, sentí un alivio indescriptible.

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Avanzamos lentamente para recuperarnos admirando a cada paso el gran paisaje que nos regalaba ese día la naturaleza. El frío aún era soportable. Pasamos unos metros cuando vimos delante de nosotros otra subida bastante pesada, decidimos hacer un arrancón que nos dejó de nuevo sin aliento. Volvimos a caminar por otros metros más.

Después de unos minutos pudimos ver a Gonzalo que venía trotando a un paso constante y entonces arrancamos a su paso en cuanto nos alcanzó. Ahí estábamos los 3, disfrutando del recorrido como nunca antes lo habíamos hecho. No tardamos mucho en llegar a la primera laguna en dónde aprovechamos para tomarnos un par de fotografías.

Mientras descansábamos un poco ahí, nos alcanzaron otros amigos y seguimos adelante. Después de unos cuantos metros logramos llegar a la laguna principal. Una laguna en bastante calma, majestuosa y …fría.

Al llegar ahí subimos a algunas piedras que estaban cerca. Buscábamos el fondo ideal para una buena fotografía. No sé exactamente en qué momento pasó, pero de pronto estábamos intentando llegar a un piedra que estaba algo lejos de las demás. Era casi imposible llegar a ella sin mojarnos los pies. Ya se imaginarán lo que viene a continuación. Así es, el loco cronista de ésta historia, su servidor, estaba convencido de que debía llegar a esa piedra a como diera lugar.

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Me acerqué lo más que pude a la orilla e imaginé un gran salto. No fue suficiente, si quería llegar al otro lado, debía meter al menos un pie al agua helada. Así que previniendo que mis tenis se mojaran en el intento, me los quité (no sería la primera vez). Una vez que estuve descalzo, realicé el salto y lo logré. Pude estar en esa piedra.

¿Por qué y para qué?

No tengo la respuesta, realmente era algo sin razón de ser, pero se sentía bien estar ahí. Me tomé un momento para admirar el paisaje y para pensar en muchas cosas. Algo maravilloso se acercaba y estaba ansioso de que ya llegara. La siguiente semana me traería muchas sorpresas y sentí por un momento que ese sería uno de mis últimos momentos completamente solo.

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Después de un rato de estar ahí, comenzaron a llegar el resto de mis amigos, Miguel y Andrés llegaron con la cámara y era momento de tomar fotos diferentes. En ese momento llegó una pregunta más. ¿Cómo rayos regresaría a tierra firme?

Ya había logrado llegar ahí sin mojarme, pero el regreso era más complicado. Para poder hacerlo era forzosamente necesario meter mis pies al agua y pues, ni modo. Respiré profundamente, metí mis piernas y sentí como un millón de alfileres se me enterraban en ellas. No fueron más de 5 segundos los que estuve ahí pero de verdad me congelé.

Salí rápidamente e intenté secarme de inmediato. Me puse mis tenis de nuevo y caminé un poco para recuperar algo de calor.

Afortunadamente, Andrés traía en su mochila un pants que me puse encima de mi bermuda, eso ayudó a calentarme más rápidamente.

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Estuvimos un rato ahí y después decidimos subir más. Había un pico que nos llamó la atención y nos dirigimos hacia él. Yo ya estaba bastante cansado y el ir subiendo complicaba cada vez más mi resistencia, pero seguimos adelante. Después de bastante tiempo, logramos conquistar esa cima. Estábamos ahí, amigos que nos conocimos desde que éramos niños, ahora, después de más de 10 años juntos, compartiendo un momento espectacular.

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Creo que esas son de las cosas que más he podido valorar al momento. Nunca imaginé estar con ellos viviendo tal experiencia, desafiando a la naturaleza. Desafiándonos a nosotros mismos.

Gracias a Sergio, Miguel, Gonzalo, Andrés por estar ahí, estoy seguro de que no será la última cima que conquistemos juntos!!!

@BlackVera

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