Corriendo y Construyendo

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“Era medio día, me ardían los brazos y piernas, me dolían los hombros, el sol me estaba quemando y seguía ahí sin parar.”

Empecé mi semana con entrenamientos muy relajados, aún me sentía cansado por los días pasados pero sabía que me esperaba una fin de semana muy especial. Como muchos de ustedes saben, parte de todo lo que estoy haciendo viene motivado por el hecho de apoyar a gente que lo necesita y quienes son la principal razón por la que decidí empezar toda ésta aventura. (Prólogo 1,Parte 2 ,Parte final).

A principios de mayo corrí el Medio Maratón de ESPN prometiendo romper mi marca personal a cambio de donativos para la construcción de una casa. Fui parte de un grupo de 25 corredores que nos propusimos juntar esos donativos y en conjunto con la fundación Construyendo, construir literalmente una casa para una familia de escasos recursos económicos.

Aquél día corrí con todas mis fuerzas logrando mejorar mi marca por mucho, pero aún faltaba lo más importante de ese reto, la construcción.

El viernes tuve una sesión de gimnasio bastante intensa ya que no había ido desde lo del Triatlón de Huatulco, por esa razón el sábado amanecí algo adolorido pero con muchas ganas de iniciar a construir esa casa.

El plan estaba diseñado para que en tan sólo 3 días la casa estuviera terminada, así que trabajaríamos de sábado a lunes.

Nos quedamos de ver en el Parque Naucalli para poder llegar todos juntos al lugar de la construcción, en Villas Nicolás Romero. Después de esperar la llegada de todos, nos apresuramos a llegar, sin embargo fue algo complicado. Nos perdimos varias veces y terminamos llegando casi con una hora de retraso.

De cualquier manera, llegamos muy motivados para trabajar. Casi sin preámbulos y después de una presentación muy rápida del proyecto, tomamos las herramientas y TODOS comenzamos a trabajar. Niños y adultos juntos trabajando, con entusiasmo, sin importarnos el calor que hacía. En el cielo no se asomaba ni una sola nube.

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En un par de horas el material comenzaba a dar forma a lo que sería esa casa tan anhelada. Fue increíble ver a los voluntarios que estaban ahí, era impresionante ver el empeño que cada quien ponía en sus respectivas actividades.

Después de haber montado la estructura comenzó una parte bastante divertida. Era momento de tomar la cuchara y trabajar con la mezcla. Prácticamente todos estábamos trabajando al mismo tiempo. A algunos nos costaba algo de trabajo, a otros nos costaba más. Se notaba en todos nuestra falta de experiencia pero lográbamos reponerla con nuestro entusiasmo.

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Poco a poco tuvimos la oportunidad de conocernos, ya que no todos nos habíamos visto. Pero entre carretilla y carretilla de mezcla que llegaba, podíamos charlar.

Personas de distintos lugares, incluso de diferentes estados de la república se dieron la oportunidad de vivir ésta experiencia que estaba marcando nuestras vidas.

Llegó la tarde y con ella, la comida. La familia para la que construíamos la casa era la responsable de alimentarnos. Nos sentamos todos juntos en lo que pudimos y dimos las gracias. ¿Para qué describir el sazón? Simplemente les puedo decir que todo me supo a gloria. Se podía saborear la pasión con la que prepararon nuestros alimentos.

Terminamos de comer y nos relajamos un poco. Ya estábamos algo cansados pero teníamos que continuar. Nos levantamos y regresamos al trabajo.

El primer día logramos poner en pie la estructura y ver la forma que tendría la casa al final. Terminamos sucios, cansados, quemados pero muy contentos. Los encargados de la obra nos comentaron que intentáramos descansar bien porque el siguiente día sería el más pesado.

El domingo llegó, estábamos temprano en la obra y continuamos con las labores. Después de terminar las paredes, venía lo más fuerte, el colado para el techo.

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Debo confesar que para mí existe un significado de la palabra “colado” antes y después de ese día. Formamos rápidamente una cadena de trabajo en la que cada uno de los voluntarios tendría que hacer llegar cubetas bastante pesadas hasta la parte superior de la casa, me pidieron que escogiera a las 2 personas más fuertes de todos para que estuvieran en una posición estratégica. Ahí estaban Sergio y Geoff, después las increíbles chicas subieron al techo y se colocaron en línea para poder hacer llegar las cubetas hasta el final. En la parte de abajo quedaron los maestros de la obra Julio y yo. Nunca imaginé que el trabajo que haríamos nosotros sería de lo más pesado.

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Me tocó la parte del suministro de la grava. Teníamos que palear 5 cubetas de grava y depositarlas en el trompo. Al principio no hubo problema, pero después de los primeros 4 o 5 trompos vaciados, tuvimos que ajustar nuestros puestos, fue ahí cuando me quedé sólo con Juan Alvarado, el futuro dueño de la casa.

Comenzamos a trabajar más rápido, podíamos ver desde abajo la velocidad con la que llegaban las cubetas a su destino final. Era medio día, me ardían los brazos y piernas, me dolían los hombros, el sol me estaba quemando y seguía ahí sin parar. Ver las ganas con las que Juan trabajaba me motivaba a seguir adelante, cubeta tras cubeta. Definitivamente la técnica para cargar las cubetas era algo fundamental. Comencé a mejorarle, pero aun así me di varios golpes en mi hombro. Ni que decir de los rasguños y moretones en los brazos. Todos ahí nos lastimamos de alguna u otra forma.

Algo de lo que quedé sorprendido ese día, fue el hecho de ver a esas valientes mujeres que sin importar lo pesadas de las cubetas estaban ahí entregándose en una actividad no usual para ellas. Sin embargo, ahí estaban para asombro de muchos de nosotros.

No tengo idea del tiempo que tardamos en completar el colado. Pero sí recuerdo que hubo un momento en que sentía no poder más. Lo mejor de todo es que me gritaban que siguiera, sólo escuchaba “Vamos Black!!!” y me llenaba de energía.” Una cubeta más” me decía a mí mismo. “Si puedes con esto, el IRONMAN estará papita”.

De pronto, escuché: “Un trompo más y acabamos”. Eso significaba 5 cubetas más para acabar. Juan y yo las depositamos en el trompo y vimos vaciar la última mezcla.

Fue ahí cuando la palabra “colado” tuvo un significado diferente para mí. Todo un sacrificio que no es nada fácil. Si antes solía respetar el trabajo de albañilería, hoy lo admiro más que nunca.

Después de eso, llegó la hora de los alimentos que de nueva cuenta nos dejaron más que satisfechos.

La casa estaba prácticamente en un 80% lista. Teníamos que dejar secar todo para poder pintar.

Ya casi nos íbamos cuando Juan y Yanet nos dieron las gracias junto con sus tres hijos. Aprovechamos para también decirles algunas palabras de aliento y entonces me di cuenta de que había olvidado algo.

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Saqué de mi bolsillo la medalla que gané en ese medio maratón, esa medalla que no sólo significaba mi mejor marca en los 21k, también significaba el apoyo de todos los donadores que me apoyaron, además de ser la primera medalla que Sam me vio ganar. Me acerqué a ellos y agradeciendo la oportunidad de poder estar ahí, les entregué esa medalla. Nunca olvidaré la sonrisa de Juan y de Yanet cuando la colgué en el cuello de ella. Se emocionaron muchísimo y me dieron las gracias.

La idea que yo tenía era de echar la medalla en el colado y que quedara ahí para siempre, pero fue demasiado tarde. Además creo que como lo hicimos fue mejor.

El último día llegamos temprano para terminar algunos detalles y comenzar con la pintura. Se notaba ya claramente el cansancio de todos. Por cuestiones de trabajo, no todos pudieron ir ese día, pero afortunadamente llegaron otros voluntarios. Éramos menos de 20 pero ansiábamos ver la casa terminada. Los niños de Juan y Yanet jugaban con nosotros, prácticamente todos convivimos de una forma espectacular. Juan no paraba de trabajar, Yanet se apresuraba a preparar la comida con ese sazón que no olvidaré, sus hijos corriendo de lado a lado queriendo ayudar con la pintura. Y todos los voluntarios con herramientas en mano.

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Por fin, llegó el momento final. La puerta y ventanas estaban colocadas, el listón en la puerta listo para ser cortado. Juan comenzó a dar las gracias a todos y rompió en llanto, abrazado a él estaban Yanet y sus hijos. Me cuesta trabajo intentar describir la escena, creo que sólo los que estuvimos ahí pudimos darnos cuenta de que no hicimos una casa. Esos días, formamos parte de la construcción de un hogar. La imagen de la familia Alvarado al ver su casa terminada vale más que veintisiete mil millones de palabras.

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Mis ojos también se llenaron de lágrimas, me di cuenta del increíble grupo que formamos y estoy agradecido con todos y cada uno de ellos por las enseñanzas que me han dejado.

Espero poder seguir ayudando de ésta manera y contagiar a las personas que estén a mi lado (o que estén leyendo esto) a participar en éste tipo de actividades. Creo fielmente que es la manera correcta de poder avanzar como sociedad.

Nunca olvidaré ese fin de semana, en dónde no dimos un donativo más. Fue un fin de semana donde dejamos literalmente nuestro dolor en la construcción. Todos quedamos adoloridos y cansados pero muy satisfechos por lo que hicimos.

Sé que no será la última casa que logremos construir y espero que pronto más gente se una a la causa.

Vienen más retos y causas por las que hay que luchar, de hecho estoy buscando opciones para realizar el IM 70.3 Cozumel. Así que si alguno de ustedes tiene una sugerencia, será bienvenida.

@BlackVera

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2 comentarios sobre “Corriendo y Construyendo

    Zhara González Izazola escribió:
    junio 5, 2013 en 4:42 pm

    Niñooooooo!! Muchas felicidadeeesss!!!!!!!!!! Se siente la piel chinita-chinita!! La sonrisa se emana y también las lágrimas… Es grandioso!!!

    Me gusta

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